En la actualidad, es común recibir cuentas en nuestras casas que señalan el consumo de servicios básicos como: el agua, la luz o el gas. De hecho, los avances tecnológicos y la modernidad de los servicios, han ido de la mano con el registro del consumo por parte de la población y su posterior cobro.
Sin embargo, unos siglos atrás esta situación era distinta, pues el cobro de las cuentas se realizó de manera particular. Por ejemplo, la distribución del agua estaba a cargo de los aguadores o aguateros, quienes extraían agua de fuentes o acequias y la distribuían en barricas sobre mulas. Ellos recorrían las calles de tierra o empedradas de la ciudad, cargando el agua en bolsas de cuero y barriles de madera. El cobro del servicio lo realizaban personalmente y en promedio costaba entre 15 a 20 centavos.
Para calefacionar o cocinar, los hogares ocupaban leña o carbón, comprados en los mercados y ferias de entonces. Y para abastecerse de luz los consumidores, recurrían a los vendedores de velas o “veleros”, pues antiguamente la iluminación estaba generada por medio de velas de sebo, puestas en las lámparas que pendían del cielo de la sala.
Posteriormente, las primeras empresas que otorgaron suministros básicos dividieron los distintos sectores de la ciudad, y distribuyeron cuentas, cuyos cobros y envíos estuvieron a cargo de los recaudadores.
De estas primeras experiencias surgen las cuentas que hoy conocemos, y que nos señalan cuál es nuestro consumo mensual, en los distintos servicios ofrecidos.
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